Estación 41 · Barroco
41. El gallo de la veleta
Este gallo que tienes ante ti es el testigo de una de las historias más conocidas del monasterio.
Hoy lo ves aquí, en el interior de la iglesia, pero su lugar original estaba mucho más arriba: en lo alto del cimborrio, cumpliendo sus funciones de veleta y señalando constantemente la dirección del viento.
Su historia nos lleva al siglo XIV, en plena época de la peste negra. En el año 1348, el monje Arnau Ramon de Biure es elegido abad de nuestro monasterio.
Poco después, la comunidad recibe una importante herencia de un noble llamado Ramón de Saltells, que deja todos sus bienes al monasterio..
Pero había un detalle importante: tenía un hijo llamado Berenguer, de quien no se tenían noticias desde hacía años. En una época marcada por la muerte y la incertidumbre, parecía probable que hubiera desaparecido. Aun así, en el testamento de Saltells se estableció la siguiente cláusula: si algún día su hijo regresaba, los monjes deberían entregarle una considerable suma de dinero.
Y así ocurrió. En el año 1350, de forma inesperada, Berenguer reaparece. Regresa a Sant Cugat y reclama toda su herencia.
El conflicto es inevitable y ambas partes recurren a la mediación de un jurista.
El mediador sentenció que el monasterio tenía que pagar a Berenguer una suma muy elevada en el plazo de seis meses. Pero el abad no dispone de ese dinero, y todos los intentos por conseguirlo fracasan…
El tiempo se agota… y la tensión aumenta…
Llegamos así a la noche de Navidad del año 1350. En el interior de la iglesia, la comunidad de monjes celebra el oficio de Maitines, justo antes de la Misa del Gallo. Todo parece transcurrir con normalidad… hasta que Berenguer y varios de sus cómplices irrumpen en el templo, ocultos tras unas barbas postizas y armados con espadas.
Avanzan hasta el coro donde se encuentran los monjes y golpean al abad en la cabeza. Este corre hacia el altar para coger una cruz y ponérsela sobre el pecho a modo de escudo, esperando que este gesto pudiera detener el ataque de su agresor. Pero no lo consigue, y acaba muriendo a causa de las heridas que le han infligido.
Y es aquí donde este hecho histórico se convierte en leyenda popular. Se cuenta que, en ese mismo instante, la campana más grande del monasterio comenzó a sonar por sí sola, como si denunciara el crimen. Y que este gallo de hierro, pese a ser un objeto inanimado, empezó a cantar con tanta fuerza… que sus gritos se oyeron incluso en los pueblos vecinos.
Hoy, el gallo original se conserva aquí, como testigo silencioso de aquella noche. En el cimborrio puedes ver una réplica instalada en el año 2022.
Si después te acercas a la entrada de la sacristía y observas la vidriera situada arriba, sobre la puerta, descubrirás una representación de aquella Navidad teñida de sangre.
Este gallo es un símbolo que nos invita a no permanecer callados ante las injusticias de nuestro mundo, sino a denunciarlas y a comprometernos en la búsqueda de soluciones creativas.
Detente un momento ante este gallo… y piensa cómo, a veces, incluso los objetos más pequeños son capaces de conservar las historias más grandes.