Estación 23 · Barroco

23. Un fuego ficticio en la cocina

Este cuadro nos relata dos sorprendentes episodios relacionados con la construcción del primer monasterio que san Benito fundó en Montecasino.

Los monjes trabajaban en la edificación del monasterio y buscaban grandes piedras que pudieran servir para levantar los nuevos espacios de la comunidad. Un día encontraron una que parecía perfecta, pero cuando intentaron moverla descubrieron que era imposible.

Primero lo intentaron dos o tres monjes, pero la piedra no se movía ni un solo milímetro. Fueron llamando a más hermanos para que les ayudaran, pero, por mucha fuerza que ejercieran, aquella piedra parecía clavada al suelo, como si tuviera raíces.

Los monjes comprendieron que había algo misterioso detrás de aquella resistencia. Sospecharon que el demonio estaba intentando impedir la construcción del monasterio y fueron a buscar a san Benito.

El santo se acercó a la piedra, hizo una oración y la bendijo. Inmediatamente, el demonio se vio obligado a huir y aquella misma piedra, que parecía imposible de mover, pudo retirarse con facilidad.

San Benito pidió entonces a los monjes que excavaran bajo la piedra para descubrir qué era aquello que el maligno quería proteger. Y allí encontraron un ídolo de bronce enterrado. Si te fijas en la parte superior izquierda del cuadro, podrás distinguir esa pequeña figura que los monjes desenterraron.

Pero la historia continúa. Los monjes llevaron aquella imagen a la cocina del monasterio y, poco después, surgió un nuevo problema: de repente comenzaron a ver un gran incendio que parecía estar destruyendo el edificio.

Dirige ahora la mirada hacia la parte inferior del cuadro. Verás a los monjes intentando apagar el incendio, formando una cadena para pasarse los cubos de agua. Incluso uno de ellos bendice el agua antes de arrojarla sobre las llamas.

Si observas con atención la parte superior derecha del cuadro, descubrirás un detalle que sorprende: uno de los monjes lanza un cubo de agua hacia una ventana en la que no hay fuego. Y es que los monjes eran víctimas del engaño del demonio, que les hacía ver llamas por toda la cocina.

Cuando san Benito oyó el alboroto, entró en la estancia y comprendió que no había ningún incendio, sino que sus monjes estaban atemorizados por el engaño del maligno. Entonces hizo una oración sobre ellos y sus ojos se abrieron a la realidad, descubriendo que no había ningún fuego.

Esta historia nos muestra que el mal no siempre se presenta de forma evidente. A veces aparece como un engaño que nos confunde y nos hace contemplar la realidad de una manera deformada.

Por eso, para san Benito, la vida espiritual consiste también en aprender a discernir, en saber distinguir lo que es verdadero de aquello que nos engaña y nos roba la paz.

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