Estación 31 · Barroco

31. Historias de Santa Escolástica

Levanta ahora la mirada hacia las paredes laterales de la capilla. Descubrirás dos pinturas murales enmarcadas por un semicírculo. En ellas se representan los dos únicos episodios que conocemos de la vida de santa Escolástica. ¡Vamos a descubrirlos!

Comencemos por la pintura de la derecha. Aquí se nos narra el último encuentro de santa Escolástica con su hermano san Benito.

Fíjate en que el pintor tiene un gran interés en que podamos ver qué sucede dentro y fuera de la estancia. Por eso, ha representado la casa como si hubiera hecho un corte transversal, para que no nos perdamos ningún detalle.

Entremos en la habitación. Benito y Escolástica presiden la mesa y, junto a ellos, hay dos monjes y una monja. El papa Gregorio Magno nos cuenta que los dos hermanos habían pasado todo el día hablando de las cosas de Dios.

Después de cenar, Escolástica pide a su hermano que no se vaya, sino que se quede aquella noche con ella para continuar hablando de los gozos del cielo. Benito se niega: tiene que volver al monasterio y, como abad, considera que debe dar ejemplo a sus monjes.

El relato nos dice que aquel día el cielo estaba completamente despejado, sin una sola nube.

Después de la negativa de su hermano, Escolástica entrelaza las manos, inclina la cabeza y comienza a rezar. Cuando vuelve a levantarla, estalla una tormenta extraordinaria. La lluvia cae con tanta fuerza, acompañada de truenos y relámpagos, que nadie puede salir de la casa. San Benito, sorprendido, reprende a su hermana. Pero ella le responde: «Te he pedido que te quedaras y no me has hecho caso. He rezado al Señor y él sí me ha escuchado.»

Benito comprende que aquella tormenta les obliga a quedarse y pasa toda la noche con su hermana, hablando de la vida espiritual.

Gregorio Magno, al contar esta historia, añade una frase preciosa: Escolástica pudo más porque amó más.

Pasemos ahora a la pintura de la izquierda. Han pasado solo tres días.

Santa Escolástica está enferma, tumbada en la cama y abrazada a una cruz. Ha llegado el momento de su muerte. A su alrededor, varias monjas lloran la pérdida de su hermana.

Pero fíjate ahora en la parte derecha de la pintura. Allí aparece san Benito. Se encuentra lejos, en su monasterio, y no puede ver físicamente lo que está sucediendo en la habitación de su hermana.

Y, sin embargo, en ese mismo instante tiene una visión.

Mira la paloma que se eleva hacia el cielo. Benito comprende que es el alma de su hermana, que acaba de abandonar este mundo y entra en la vida eterna.

Las dos pinturas cuentan así una misma historia. En la primera, Escolástica desea pasar una última noche hablando con su hermano de los gozos del cielo. En la segunda, solo tres días después, es ella misma quien entra en ese cielo que tanto deseaba.

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