Estación 06 · Barroco
6. Capilla de la Piedad
- Estilo
- Barroco
- Autor del retablo
- Josep Sala Gener (1706)
Esta es una capilla que invita especialmente al silencio y al recogimiento.
Te encuentras ante el Sagrario, el lugar donde se reserva el Cuerpo de Cristo después de la celebración de la Eucaristía. Es el lugar más sagrado de la iglesia y, por ello, es posible que encuentres aquí a personas rezando en silencio.
Mantengamos, pues, este ambiente de serenidad mientras descubrimos las historias y los símbolos que esconde esta pequeña capilla.
Si observas el conjunto, verás que esta es la capilla más baja de toda la iglesia. Originalmente era mucho más alta, pero en el siglo XVI se dividió en dos niveles para instalar, en la parte superior, la maquinaria del órgano.
No disponemos de documentación escrita que lo confirme, pero todo parece indicar que esta pequeña capilla pudo utilizarse para velar a los monjes difuntos. Esto nos ayuda a comprender el mensaje que encontramos en toda su decoración, donde se entrelazan dos realidades: la muerte y la resurrección
El retablo fue encargado a principios del siglo XVII a un artista de Sant Cugat, <b< Josep Sala Gener, hijo adoptivo del gran retablista catalán Francesc Santacruz. Santacruz se casó con su madre y le transmitió el oficio. Pocos años antes, Josep Sala había realizado el retablo mayor de Sant Cebrià de Valldoreix.
En el centro del retablo se encuentra la Piedad. María sostiene entre sus brazos el cuerpo muerto de su Hijo, en el momento que sigue al descendimiento de la cruz. Por eso, detrás de ella queda la cruz desnuda.
Es una imagen de una enorme fuerza humana. María, llena de dolor, acoge a Jesús en su regazo. Esta imagen contrasta profundamente con las representaciones de María con el Niño Jesús que encontrarás en otros espacios del Monasterio, como las escenas de la infancia de Jesús del retablo del Rosario o la Virgen con el Niño del retablo de la Virgen de Todos los Santos. Allí, María sostiene a su Hijo pequeño y lleno de vida. Aquí, sostiene su cuerpo muerto.
Fíjate en el brazo de Jesús, que cae sin vida, y en la diagonal que forma todo su cuerpo. Es un cuerpo inerte y, al mismo tiempo, parece ligero, casi ingrávido. El artista ha esculpido con gran delicadeza las heridas de la Pasión: el costado abierto, las heridas de los clavos, la corona de espinas… María, con un rostro sereno, mira con compasión a su Hijo mientras le sostiene la cabeza.
Imagina ahora el féretro de un monje difunto ante esta imagen. La comunidad podía contemplar a María y pedirle que acogiera a aquel hermano suyo del mismo modo que había acogido a Jesús. María se convierte también en imagen de la Iglesia, que llora la muerte de uno de sus hijos y lo encomienda a Dios.
Mira ahora la parte inferior del retablo. Allí encontrarás a Jesús orando en el huerto de Getsemaní. Un ángel le presenta un cáliz y otro lo consuela. Jesús extiende la mano hacia una cruz que yace en el suelo, aceptando así la Pasión. La escena nos recuerda sus palabras, recogidas en el Evangelio: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».
Sin embargo, esta capilla no termina en la muerte.
Alza ahora la mirada hacia la parte superior del retablo. Allí descubrirás a Cristo resucitado, sosteniendo una oveja con su brazo derecho. Es una hermosa representación de Jesús como el Buen Pastor, una imagen que ya encontramos en las primeras representaciones cristianas de las catacumbas. La oveja puede representar el alma del monje difunto, a quien Cristo lleva en sus brazos y conduce hacia la vida.
Fíjate en su aureola, que dibuja el signo de la cruz. También lleva en la mano izquierda una fina cruz de la que cuelga un estandarte de color rojo. Esta cruz con el estandarte aparece con frecuencia en el arte cristiano como símbolo de Jesús resucitado, victorioso sobre la muerte.
Pero hay un detalle que puede sorprenderte: Jesús viste una especie de piel de oveja. Es una forma de recordar que Cristo es también el Cordero de Cristo aquel que ofrece su vida para quitar el pecado del mundo.
La fuerza de la resurrección parece expandirse por las paredes de la capilla. En los esgrafiados, realizados en blanco y negro, aparece ek ave fénix el ave de la mitología antigua que renacía de sus propias cenizas. Desde los primeros siglos del cristianismo, el fénix se convirtió en un símbolo de Cristo resucitado, vencedor de la muerte.
Fíjate también en que estas aves picotean granos de uva, símbolo de vida y alusión al vino de la Eucaristía. Y aquí resuena, una vez más, la promesa de Jesús: «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él … y yo lo resucitaré en el último día».
Contempla ahora el conjunto una última vez. En esta capilla, todo habla de la misma esperanza: la muerte existe, el dolor es real, pero la muerte no tiene la última palabra.